Helena Martín, la baiHelena Martín, la bailarina de Gavà, que lleva el nombre de Gavà. por Europa. Fotografía de Silvia del Barrio
Helena Martín, la bailarina de Gavà que lleva el nombre de Gavà por Europa. Fotografía de Silvia del Barrio

Te tuvimos en Gavà en primavera coincidiendo con el estreno de Medea en Barcelona. ¿Cómo fueron aquellas funciones?

Muy bien. Fueron cinco días mágicos, porque he trabajado muy poco en Barcelona, curiosamente. Literalmente he bailado más veces en Tokyo. E ir con Medea fue muy especial porque es una de las grandes obras maestras de nuestro repertorio.

Y Medea, que está siendo un éxito, no para…
Estamos muy contentos porque es una pieza que creo que se debe conocer porque es tan importante para nuestro repertorio de danza como Las Meninas para nuestra pintura.

¿Por qué es tan importante?
Pues porque fue un encargo del Ballet Nacional en 1984 para el que se juntaron tres de los grandes creadores de todos los tiempos. En la dirección de escena estaba Miguel Narros, José Granero como coreógrafo y Manolo Sanlúcar como compositor. Todo maestros. Y, además, llamaron como invitada a Manuela Vargas para hacer de Medea. Vaya, que se alinearon los astros y aquello salió muy bien.

¿Y qué significa para ti como protagonista?
Para una bailarina, hacer a Medea es como para un actor interpretar a Hamlet. Es un papel maravilloso, que no tiene fisuras y que es un placer bailar. Eso sí, es muy comprometido y me siento muy responsable de tenerlo en mis manos y ponerlo en pie con el respeto y la energía que se merece.

Demos marcha atrás. ¿Recuerdas el primer día que pusiste un pie en L’Aula de Dansa?

Ese día en concreto no lo recuerdo, porque era muy pequeña, pero recuerdo muchísimas cosas y de una manera muy nítida. Recuerdo momentos mágicos con Maite, Mudit y mis compañeras. De hecho, cuando volví a entrar al aula hace poco, me vinieron un montón de imágenes porque he pasado muchísimos años allí, toda mi infancia, mis primeras veces.

¿Quisiste apuntarte a ballet o fue algo circunstancial?
Me apuntó mi madre, así que yo no tenía voluntad (ríe). A mi hermano lo apuntaron a música y a mí, a ballet. Simplemente coincidió así. Fue de esas potras que tienes en la vida, porque mi hermano es ingeniero, no músico.

¿Cómo eran Maite y Mudit como profesoras?
Pues eran un poco polos opuestos…

¿Poli bueno y poli malo?
No exactamente… ¡Me van a matar! (ríe). Pero es verdad que un poco sí. Maite es una persona muy calmada y Mudit tiene esa energía que la hace más cañera. Si alguien tenía que soltarte una reprimenda un poco más dura, esa era Mudit, pero todo siempre desde el cariño y el respeto. Y ambas eran muy exigentes, pero yo era muy disciplinada también (ríe).

Porque la exigencia en el mundo de la danza no es un cliché…
No, claro. Y las dos lo hacían muy bien. Porque creo que un bailarín lo primero que tiene que hacer es aprender la disciplina. Y ellas te hacían ser muy consciente de lo importante que era tu trabajo y el ser responsable de ese trabajo. Y lo valoraban justamente.

Por allí coincidiste con una tal Pili, luego Candela Peña, que dejó lo del baile para ser actriz…
¡Y un pedazo de actriz! Ella es un poco mayor que yo y ahí es cuando coincidí con ella y con un grupo maravilloso donde estaban Joaquín León, Sandra Mayor, Marta Zahera, Sonia Valderrama, Núria Teixidor, Sílvia Mata… Y muchos de ellos, después, han llegado a ser profesionales de la danza. Y ahí estaba Candela, que era de las alumnas más disciplinadas que yo he visto en el aula. Una estupenda bailarina.

¿Cuándo notas que el hobbie se puede convertir en profesión?
Hay dos momentos clave. El primero, siendo muy pequeña, cuando me quejaba porque no podía ir a los cumpleaños de mis amigas porque tenía ballet. Y recuerdo que mi tía me dijo: “¿Realmente no quieres venir a ballet? Piensa en lo que pasaría si no vinieras”. Y ahí me di cuenta de que aquello era lo que me gustaba y me movía. Más adelante, también fue importante, con 15 o 16 años, cuando decidí que quería estudiar en el Institut del Teatre y hacer de la danza mi profesión.

¿Sientes que has tenido que renunciar a muchas más cosas, cumpleaños aparte?
No, para nada. De hecho, algunos de mis recuerdos más felices están en el Institut del Teatre, con el ambiente que había allí y con la posibilidad de poder tomar clase de forma más rigurosa. Piensa que yo no tenía fines de semana, porque siempre estaba ensayando, pero me daba igual. Renuncias ahora, cuando eres mayor y tienes familia. Eso ya es otra cosa.

Y, antes de acabar los estudios, ya estabas bailando profesionalmente…
Claro, es lo que nos sucede. ¡Es que empezamos muy pronto! Porque esta carrera es corta… o no. ¡Porque yo estoy sorprendida! (ríe) Pero empiezas muy joven y, en mi caso, con proyectos muy chulos como Color Dansa en los que aprender muchas cosas. Porque lo que aprendes en una compañía no lo aprendes en el Conservatorio.

Y de ahí al Ballet Nacional…
Para mí esa fue la gran escuela, la que te arropa porque estás muy seguro y tienes un sueldo. Ahí hice mis primeros papeles como primera bailarina y de allí ya salí a hacer protagonistas con otras compañías. ¡Hace ya muchos años!

Y en ese camino has pisado escenarios míticos, como el del Bolshói, entre otros…
Bueno, el Bolshói, el City Center de Nueva York, los grandes teatros de Tokyo, la ópera de Frankfurt… ¡Es que he bailado hasta en el teatro de la Acrópolis de Atenas! Y ahí es cuando dices: ¡ya me puedo morir! He sido muy afortunada, me siento muy afortunada.

También has dado un paso más como creadora desde hace años…
Ahora mismo la cosa está muy parada, pero estoy segura de que volveré y tengo muchas ganas de coger de nuevo ese camino. Soy muy feliz creando, de las cosas que más me satisfacen. Pero, de momento, estoy aprovechando Medea y dejando crecer a mis hijos que creo que necesitan un poco más de tiempo. Y, luego, irme a por otro bebé, que sería una nueva creación.

La Covid-19 sí que ha supuesto un gran parón. ¿Cómo lo has sobrellevado?
Pues mal, la verdad. Porque te das cuenta de lo frágil que es nuestra profesión cuando no estás bajo el paraguas de una compañía como el Ballet Nacional, por ejemplo. Es que en este país hay tres com­pañías estatales y somos 200.000 bailari­nes. Y para todos los bailarines que somos freelance ha sido duro. Muy duro. Es que no te protege nadie y tenemos que comer.

¿Hasta cuándo te ves bailando?
Pues la verdad es que no lo sé. Ahora estoy con la Medea que visteis en Barcelona y, además, me ha llegado otra Medea basada en el libro Medea Kali, que habla de lo que le sucede a continuación de la obra clásica. Se trata de un proyecto de Patrick de Bana, con el que llevo muchos años colaborando, y que ha montado este proyecto en el que yo soy la bailarina más joven. Así que no sé qué decirte porque creo que aún tengo un margen que… ¡vete a saber! (ríe).

Biografia
Hacía mucho que no la veíamos bailar en Gavà, pero el pasado mes de abril estuvo sobre las tablas del Espai Maragall para homenajear a su profesora, Maite Casellas. Junto con Mudit Grau, desde L’Aula de Dansa, fueron la primera etapa en la formación de una bailarina que ha logrado consolidarse como una de las más destacadas en danza española. Ahora, con 46 años, triunfa por toda España como protagonista de Medea.
20 años después de haber sido Gavanenca de l’Any, queda claro que aquel premio no fue precipitado. Y es que Helena Martín tiene una trayectoria dibujada por los grandes nombres de la danza española y el flamenco, pasando por compañías como Color Dansa, el Ballet Nacional de España o el Ballet Teatro de Rafael Aguilar, entre otras muchas. También ha sido creadora de obras como Igual que tú, que dirigió su amiga Candela Peña, El Baño o 1 Deseo para Inconstantes.
Master en Investigación de Artes Escénicas, también desarrolla una actividad docente como profesora invitada en diferentes centros.