Irene Blasco, psicóloga de l'Associació de Dones Clara Campoamor
Irene Blasco, psicóloga de l'Associació de Dones Clara Campoamor

En la programación del 8 de marzo encontramos tu charla “Miradas de mujer a través de la Covid-19”. ¿Cómo se relacionan esos dos aspectos?

Lo que hemos querido abordar es, para conmemorar el 8 de marzo, valorar el impacto que ha tenido la pandemia sobre las mujeres, tanto económica como emocionalmente.

¿Ha sido diferente al de los hombres?

Lo ha sido porque hay un eje principal que es el sistema de cuidados que normalmente recae sobre nosotras tanto en trabajos formales como informales. El Institut Català de les Dones asegura que el 70% de las sanitarias son mujeres, también el 64% de las personas que venden de cara al público. El peso de las mujeres en los trabajos asistenciales y sanitarios es muy grande. Y, claro, en los trabajos domésticos que también son muy importantes. Pero por la tradición y el rol que hemos asumido han estado invisibilizados y se han dado por supuesto. Y, en lugar de aprovechar esta pandemia como una oportunidad para lograr la corresponsabilidad de tareas, pues no ha sido así y muchas mujeres se han visto abocadas a llevar su trabajo formal y, también, el cuidado en casa.

Y en muchos casos teletrabajando…

Eso parecía la opción mágica para compaginar el trabajo con los cuidados, pero a la hora de la verdad ha sido una locura y un caos porque no ha estado nada regularizado. En muchos casos se ha hecho en condiciones muy precarias e improvisadas. Además, las mujeres tendemos a quedarnos con los peores sitios de la casa para trabajar porque tenemos que estar accesibles para realizar los cuidados. En cambio, en muchos casos, cuando el hombre teletrabaja se encierra en un espacio y pide que se respeten sus horas de trabajo. Así que lo que parecía una gran idea para la conciliación ha acabado comportando que se tengan que elegir horas de trabajo intempestivas para poder lograr una concentración y un trabajo bien hecho.

¿Qué consecuencias ha traído esa situación?

Por una parte, emocionales. Mencionando a las sanitarias, es evidente el impacto que ha tenido sobre ellas la sobrecarga de trabajo, el temor de contagiar a su familia o el contagio de los compañeros. De hecho, al estar en primera fila de la exposición al virus, las mujeres se han contagiado en mayor proporción aunque luego la mortalidad haya sido mayor entre los hombres. Todo esto provoca estrés e impotencia, una sobrecarga y una gran presión.

¿Y en casa?

Muchas mujeres han tenido que dejar de trabajar. Al cerrar colegios y centros de día, los niños y personas dependientes han vuelto a las casas y muchas mujeres han tenido que hacerse cargo de ellos. Todo esto supone una gran brecha de género y más sobrecarga. Porque ser cuidador no es solo dar de comer al niño o al enfermo. Hay que tener en cuenta toda una organización, una gestión, muchos detalles, compras… Pero como venimos de una sociedad patriarcal que nos ha sido impuesta y que muchas veces ni nos cuestionamos, pues lo hacemos. La pandemia ha hecho evidente la sobrecarga de trabajo de las mujeres i el estrés que supone.

Y arrastrando la culpa…

Efectivamente. Porque muchas veces no llegamos a todo porque es imposible cubrir todos los detalles que suponen los cuidados, especialmente en esta situación. Y todo esto nos ha caído principalmente a nosotras, aunque no se puede generalizar. Y esto no es solo por la pandemia, que lo ha visualizado, esto lo venimos acarreando desde hace mucho tiempo. Porque así se nos ha enseñado y no poder hacernos cargo del cuidado hace que no seamos lo que se espera de nosotros y eso nos crea ese sentimiento de culpa.

¿Y cómo se lucha contra eso?

Es difícil porque seguimos viviendo en un sistema patriarcal y eso no cambia de la noche a la mañana. Sobre todo, lo que podemos hacer es darnos cuenta de lo que pasa y compartir nuestras experiencias. Cuando vemos que a todas nos ha pasado lo mismo, eso ayuda. Y, después, pedir políticas de perspectiva de género. Que las mujeres estemos en la toma de decisiones. Precisamente por estar más en casa no hemos podido acceder a los momentos de decisión más importantes.

Ponme un ejemplo…

El teletrabajo, por ejemplo. Ya que ha venido para quedarse, que se regularice, se acote y se limite para facilitar realmente la conciliación. O que se reconozca la labor de cuidado, que es algo que venimos reivindicando desde hace mucho tiempo.

¿Qué recomendarías a una mujer que sienta que ya no puede más con toda esta presión?

Sobre todo que giren el foco hacia ellas. Porque lo que se ha producido también es que nos descuidamos a nosotras mismas. Hay que pararse, ser consciente y buscar el espacio para nosotras y que nos sepa a nosotras sin sentirnos culpables. Que podamos decir “este espacio es para mí y me lo merezco”. Aunque sea sin salir de casa.

¿A cuánto estamos de la igualdad real?

Lejos. Estamos lejos. En estas crisis nos damos cuenta que tanto en el ámbito social como en el económico hay una gran desigualdad. La brecha salarial, por ejemplo, sigue estando ahí y los trabajos siguen siendo precarios y las jornadas siguen siendo parciales para nosotras. Es verdad que se están llevando a cabo iniciativas que no se pueden obviar, pero no son suficientes.

¿Esta crisis también ha empeorado la violencia machista?

Ha sido muy difícil. Piensa en lo difícil que es para una mujer convivir 24 horas con su maltratador y mantener el clima de calma para protegerse y proteger a sus hijos. Ha sido algo muy estresante hasta el punto que se han duplicado las llamadas al 016.

¿Cuál crees que sería la clave para poder acabar con este problema?

En primer lugar, aportar recursos. Recursos económicos y formativos y para todos los ámbitos alrededor de la violencia machista. Y, después, que nos rijamos por el Convenio de Estambul que dice que la violencia machista es una violencia desigual que afecta a las mujeres por el simple hecho de ser mujer.

¿Recomiendas a las mujeres que la sufran que denuncien?

Lo que sí que aconsejo es que se busque ayuda. Denunciar sería lo óptimo, pero no todas las mujeres están preparadas para eso porque es un proceso psicológico muy duro. Pero sí que les invito a buscar ayuda ya sea con una amiga o con una persona en la que confíe. Con cualquiera que esa mujer crea que puede compartir su problema y va a ser escuchada y ayudada.

Hemos hablado en general. ¿Cómo llevaste tú el encierro y la pandemia?

Pues pasando por fases, como todo el mundo. En algunos momentos hay desánimo, las restricciones que impiden salir y hacer tu vida cotidiana también cuestan. Pero hay que partir de la base de que te tienes que habituar, porque centrarnos en la queja no sirve de nada. Hay que intentar quedarse con lo positivo, con lo que puedes hacer y con lo que puede representar una oportunidad. Y hay que tener esperanza, porque si pensamos en lo negativo nos creamos un estado de ansiedad y desilusión que nos impide seguir adelante.

BIOGRAFÍA

Nacida en 1978, es licenciada en psicología por la Universitat Ramon Llull. Vive a caballo entre Gavà y Viladecans y desempeña su trabajo en un centro médico, pero si la conocemos es por su labor como psicóloga en la asociación Dones Clara Campoamor. Fue en la universidad donde entró en contacto con el mundo del feminismo y desde 1999 decidió colaborar con Clara Campoamor ofreciendo voluntariamente su experiencia como psicóloga. Asegura que la asociación es una gran ayuda para las mujeres, especialmente en estos tiempos de pandemia. Una red para aquellas que necesitan ayuda por problemas como la violencia machista o simplemente porque sufren de soledad. En estos tiempos de confinamiento y restricciones, ha aprovechado para ver y también para impartir conferencias a través de las redes. El próximo día 9, en el marco de las conmemoraciones del Dia Internacional de las Mujeres, dará una charla sobre la mujer y la Covid-19. Dos conceptos que no están tan separados como muchos pueden pensar.